Abrí los ojos y rápidamente los volví a cerrar pues la fuerte luz del sol me hacía daño. Me había quedado dormida en el porche aferrada a aquellos recuerdos. Abrí los ojos de nuevo (esta vez para despertarme definitivamente) y me puse en pie. Me dolía la espalda tremendamente, y el cuerpo me crujía por todas partes, así que me estiré casi hasta tocar el cielo, y me recompuse pensando en que iba a hacer.
La casa estaba rodeada de interminables campos de trigo, así pues el paisaje era de color amarillo, que se intensificaba incluso más con la fuerte luz del sol, pues no había ni una sola nube en el cielo que se interpusiese en su camino.
Desde donde yo me encontraba no se veía ni una sola casa más que aquella en la que yo estaba. Era una sensación agradable. Estar sola y escuchar silencio, algo que no me ocurría tras cinco años en la ciudad. Aunque recordaba que desde la torre del ático, sí se veían algunas casas pertenecientes al pueblo más cercano. Estas también eran de madera oscura, y estaban construidas de manera similar a la mía.
Quería ver aquellas casas, corrí dentro y comencé a subir escaleras de dos en dos, mientras subía la madera desgastada se hundió, y el pie se me enganchó, pero hice fuerza y seguí corriendo hasta llegar a la torre. La ventana era redonda y estaba tapiada con maderas, no sé cómo pero conseguí quitarlas con la mano, y miré a través buscándolas.
Cuando di con ellas, vi, que no eran como yo las recordaba. Eran mucho más modernas, con formas extravagantes. Supuse que las habían remodelado, y que nunca había dejado de vivir gente.
Aquello me hizo pensar en que quizás viviera allí alguien que yo conocí en el pasado.
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